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En un ciclo que respeta la naturaleza, los artesanos de San Pedro Cajonos transforman capullos de seda en textiles únicos. Esta comunidad zapoteca de 1600 habitantes, a unos 90 km de la ciudad de Oaxaca, está rodeada de los bosques de pino y encino de las dramáticas montañas de la Sierra Norte.

En San Pedro Cajonos, 40 familias se dedican a la sericultura y el tejido. La mayoría se enfoca en la cría de orugas de seda, mientras otros hilan,  tejen, o tiñen, siendo el rapacejo o fleco una de las actividades más especializadas. Recientemente, estas familias artesanas se han organizado bajo la marca colectiva Seda Yagaa (montaña en zapoteco) para llegar a nuevos mercados, mientras se termina la construcción del primer Santuario del Gusano de Seda en México, el cual contará con un laboratorio de sericultura para la crianza de gusanos.

Foto: Marcella Echavarría.

Visitamos a la familia del artesano Moisés Martínez Velasco, quien nos recibió con el tradicional caldo de guajolote y café de olla en una fría mañana de otoño. “Aunque se tiene registro del uso de seda silvestre desde la época prehispánica en esta zona de Oaxaca, esta tradición se consolidó durante la colonia. La seda Bombyx y la morera fueron introducidas en Oaxaca por los españoles en 1530; a mediados del siglo XVI, la Mixteca era el principal centro sericultor de la Nueva España; luego en 1541, la Mixteca Alta era la región sedera de mayor producción en el Virreinato, ya que junto con el valle de Oaxaca alcanzó una producción total de 9000 libras de seda hilada, hecha por gusanos alimentados con moreras silvestres. Los cronistas dominicos, por su parte, atribuyen la introducción de la seda a su orden, por medio de fray Domingo de Santa María y fray Francisco Marín”, asegura Moisés.

Foto: Adriana Vasquez.

La historia de la seda no es continua, pues esta tradición se ha visto interrumpida en algunos momentos. “Entre 1982 y 1983 quedaban solamente en la comunidad cuatro señoras que sabían la producción de seda, por eso nos unimos para rescatar el hilado del capullo con el malacate, e hicimos una crianza muy grande con gusano criollo”, afirma Estela Zarate López. En 1985, la tradición fue recuperada y continúa desarrollándose como una de las fuentes de ingreso más importantes de la zona.

El trabajo alrededor de la seda es totalmente artesanal y requiere de hasta tres meses de principio a fin. Para empezar, está el nacimiento de las orugas, que se alimentan con las hojas más tiernas del árbol de mora mientras se desarrollan y alcanzan la edad adulta. A los 25 o 30 días de cría, la oruga empieza a realizar sus capullos y logra terminar el proceso en sólo cuatro días. Quince días después, empiezan a nacer las polillas que darán los huevecillos para la siguiente crianza. “Así como la oruga se transforma en mariposa, nosotros nos transformamos en artesanos,” afirma Moisés.

Foto: Adriana Vasquez.

En San Pedro Cajonos trabajan dos tipos de capullo: criollo y mejorado. El primero tiene su nicho natural en la Sierra Norte, y los mejorados no nacen directo de la mariposa, sino que son adquiridos con un distribuidor. Sin embargo, los capullos formados por gusanos criollos tienen un color amarillo intenso, mientras que los “mejorados” son blancos.

La familia de Moisés Martínez Velasco ha sembrado alrededor de 1000 plantas de moreras para la alimentación de las orugas de seda, las cuales, como todo trabajo agrícola, requieren de riego, abono y poda con el propósito de cortar hojas de mora para la cría, que se hace dos veces al año, entre abril-mayo y julio-agosto. Esta familia también se dedica al cuidado y manejo de los huevecillos, así como a la alimentación de las 60,000 orugas que crían al año aproximadamente.

Foto: Marcella Echavarría.

El proceso del hilado comienza cuando se hierven los capullos del gusano para formar una greña. Aunque en algunas partes del mundo este proceso se hace cuando el gusano aún está dentro del capullo, la familia Martínez prefiere esperar a que naturalmente la mariposa lo abandone, sobre todo cuando son criollos, pues sólo éstos tienen la facultad de generar nuevos huevecillos. Durante el hervido y lavado, los capullos de gusano criollo pierden el color amarillo y se vuelven blancos.

Las artesanas llevan a cabo el proceso de hilado manualmente, con malacate o con un aparato mecánico de pedal. Poco a poco se van formando las bolas de hilo de seda, listas para pasar al urdidor. Posteriormente, los hilos se tejen en telar de cintura, creando piezas como rebozos, huipiles y bufandas con un terminado muy conocido como el rapacejo, que le da un efecto muy bello a estos lienzos.

Foto: Marcella Echavarría.
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Foto principal: Adriana Vasquez.
Nota original: travesiasdigital.com
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